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Crónicas, que pudieran ser verdad, de un estratega invisible en un mundo de gigantes
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El precio de la palabra: Entre focos mediáticos y promesas de despacho - Post 14º
Cualquier parecido con la realidad puede ser verdad...
En los pasillos de las grandes corporaciones, el tiempo no se mide en horas, sino en influencias y en la moneda invisible de la lealtad. A principios de la pasada década, cuando el debate sobre la productividad y las ausencias laborales incendiaba los titulares, me vi en el centro de un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con una rapidez vertiginosa. Una redactora de una de las principales cadenas de televisión nacional me contactó: necesitaban una voz autorizada para responder a las polémicas declaraciones del líder de la patronal empresarial.
Era una oportunidad de oro para poner en valor la marca de nuestra importante entidad sanitaria de ámbito nacional. Sin embargo, mi superior directo, un hombre de gestión gris llamado aquí el Gestor Operativo, prefirió pasar de largo. "Que lo haga otro", sentenció. Fue entonces cuando recurrí al Director de Estrategia, un hombre con una ambición tan grande como su gusto por los focos. Él no lo dudó: "Mañana estoy en la capital", me dijo.
Aquel día, el éxito fue rotundo. Ver los logotipos de la entidad y la figura del Director de Estrategia en la pantalla del programa matinal líder de audiencia fue la culminación de un trabajo de relaciones públicas que nadie más sabía tejer. Pero tras el brillo de las cámaras, llegó la cruda realidad de la distancia corta.
En una comida posterior, camino al aeropuerto, la conversación abandonó el tono profesional para entrar en el terreno de las cicatrices personales. Le hablé con el corazón en la mano. Le confesé que sentía el peso de años de sacrificio extremo, años de una intensidad que me había arrebatado momentos vitales que nunca volverían. Le dije que, según mis cálculos, solo me quedaban nueve años de plena capacidad productiva para dar salida a todo el potencial que había guardado por lealtad a la casa.
"No te preocupes", respondió con una ligereza que hoy me resulta hiriente, "nueve años dan mucho de sí".
En aquel momento, quise creerle. Quise creer que mi trayectoria, que iba mucho más allá de la simple logística para abarcar la creación intelectual de cada evento y el mantenimiento de relaciones institucionales de alto nivel, sería recompensada. Propuse una actualización de mis objetivos: de los insuficientes 2.000 € anuales a 6.000 €, argumentando la carga real de mi trabajo. Él contraofertó con 4.000 € a cambio de asumir la dirección de una extensa región del interior del país. Acepté el reto. El problema es que una persona vale lo que vale su palabra, y pronto descubriría que en los despachos de la alta dirección, la palabra es un material volátil que se deshace ante la conveniencia.
La desidia y el talento desperdiciadoLa falta de rigor en la delegación de la capital era alarmante. Un día, el Gestor Operativo me llamó alarmado: una de las organizaciones empresariales más influyentes de la región quería rescindir su contrato con nosotros. Nadie los había visitado en meses. Nadie había cuidado esa llama. Gracias a mis contactos, logré una reunión al más alto nivel con la presidencia de dicha organización y sus directivos de comunicación —uno de los cuales terminaría ocupando un alto cargo en la Casa Real—. Logramos salvar la situación, pero la sensación de "vamos por mal camino" era ya un grito silencioso en mi cabeza.
Inicié entonces un ciclo de jornadas formativas sobre la gestión de la salud del trabajador, recorriendo ciudades satélites de la capital como una zona industrial del norte y otra del sur. Era un trabajo minucioso, diseñado para foguear a nuestros técnicos y testar el interés real de las empresas. Estábamos construyendo algo sólido.
Sin embargo, el golpe final llegó por el pasillo, en forma de susurro. Mientras yo invertía horas, energía y recursos en estas jornadas, la dirección estaba "fabricando" otro proyecto paralelo sobre el mismo tema, a mis espaldas, sin comunicación alguna. De la noche a la mañana, mi trabajo fue arrojado por la cañería. Horas de vida perdidas, esfuerzo de equipos enteros desperdiciado por la falta de transparencia y el juego de egos. Es la soledad del que construye frente al que solo busca el poder: una lucha donde los años de vida son el botín que la corporación te arrebata sistemáticamente sin mirar atrás.
Continuará...
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